Yachaq grafiti

Yachaq grafiti

lunes, 8 de julio de 2019

Relatos místicos



LA CONSTELACIÓN


   El fugitivo no se detuvo hasta estar seguro de que nadie lo perseguía. Su resuello, antes que su veloz carrera, espantaba a las iguanas y los chilalos recién despiertos. La campiña lentamente se desperezaba. Atrás quedó el centro ceremonial hecho de adobe, así como la tensa espera, la noche en zozobra. Los otros cuatro cautivos, a esta hora, ya serían alimento para los zopilotes.

    La pirámide trunca, bajo el amparo de la deidad luminiscente, se podía divisar a la legua. Los prisioneros permanecen en la habitación frente al altar de los grandes sacrificios. Murales de pulpos con cabeza de serpiente y cangrejos terroríficos hacían más siniestro el cautiverio. El cactus sagrado y la incardinada sincronía del ritual elevarían a la sacerdotisa hacia el mar de arriba. Los dioses estelares harían su aparición finalmente, tal como estaba vaticinado en el rito inmemorial. El reino recuperaría su antiguo esplendor, deslucido por años de mala siembra e inundaciones.

   La mañana anterior al ataque los ancianos de la aldea se habían reunido para discutir sobre las técnicas de cultivo. Las mujeres se dedicaban a sus labores de tejido textil. Los niños correteaban libremente cerca del bosque de algarrobos. De vez en cuando, un jañape[1] se les atravesaba en sus carreras. Ella había llegado, junto con sus abuelos, procedente del poblado contiguo, de hábiles artesanos, a intercambiar productos hechos de paja  y carrizo. Tuve suerte de encontrarla en el cobertizo, al lado del corral colectivo de codornices y patos, donde se hacía el trueque. Yo había desobedecido a mi madre, que me había ordenado traer agua de la acequia y recolectar guayabas. Cuando sus abuelos hacían la transacción con un aldeano, ella se acercó a mí pausadamente. Extrajo rápidamente de su pequeño morral una pulsera tejida a mano y me la extendió. Sus ojos se iluminaron como dos estrellas fugaces. Luego, regresó al lado de sus abuelos. Yo retorné a cumplir el encargo de mi madre.

   Encerrado con los otros, pensaba que jamás la volvería a ver tal como la recordaba. Transcurrieron varios minutos y, al final, solo quedé yo con otro muchacho casi de mi edad. Presionaba con ansiedad la pulsera de color fucsia que ella me había obsequiado. Recordé súbitamente que de su bolsa se había asomado la cabeza de un diminuto pacazo[2]. ¿Cuál de los dos sería el primero en ser conducido al ara? Decidí que no iba a estar dispuesto a seguir extendiendo la lenta agonía. Al otro muchacho parecía no importarle. Estaba absorto en sus cavilaciones. Cuando entró el celador, me incorporé automáticamente y le indiqué enfáticamente con la cabeza que me sacara. Al dejar la habitación, me sentí aliviado y alcé distraídamente la vista hacia Orión, al punto más luminoso. De esa dirección, surgió una luz intermitente, la cual no correspondía a ninguna de las habituales inquilinas. Nadie más se había percatado de ello. La luz se aproximaba inquietantemente y en el templo empezaba a encaramarse una vívida agitación. La sacerdotisa empezó a invocar al dios de la montaña. Ya nadie me prestaba atención y la luz ahora se había convertido en un objeto tornasolado, con luces parpadeantes, como una balsa de totora fosforescente. Fue cuando avizoré que no iba a ser inmolado. Tenía primero que escabullirme del celador, bajar la rampa y atravesar rápidamente el patio central hasta llegar a la entrada. Ya pensaría lo que haría con el guardián del templo. El ambiente estaba conturbado por completo y yo miraba mis pies descalzos. Se escuchó un zumbido, que se fue haciendo cada vez más intenso, seguido de un gran estruendo. El resplandor ocurrió casi simultáneamente y el desconcierto reinó. El celador, aterrorizado, se había ovillado. Los guerreros que cuidaban a la sacerdotisa se habían retraído, desencajados. Fue el momento oportuno para huir. Cuando escapaba, me vinieron a la memoria los largos paseos por la playa, cuya arena mojada acariciaba mis pies descalzos. Mi abuelo me solía llevar desde los cuatro años para corregir la anomalía en mis pies. Cuando atravesé precipitadamente el portal sin resguardo, me vino a la mente su rostro sonriente. Era el mismo que tenía en mi sueño de hace dos noches. El viejo estaba en la playa y acababa de pescar un pez raya. Lucía radiante y me decía “encontrarás el camino”. Luego, me señalaba el mar de arriba con dirección a Orión. Yo iba a preservar a toda costa la tradición de mi pueblo. La copa del ritual no sería llenada esta vez y con los sobrevivientes del feroz ataque trazaríamos una nueva historia, muy lejos del bosque de algarrobos.
                                                             
                                                                                  
Márlet Ríos






[1]Lagartija pequeña de color plomizo.
[2] Reptil totalmente verdoso, parecido a la iguana.







TRISTE DESENLACE ANUNCIADO

Emociones encontradas brotaron de mi corazón al recordarla, recordar su desprecio, dicho así, tal cual.

No, no estaba listo, no por la edad sino porque mi enorme sensibilidad en cuanto a este tipo de emociones, llámese así al amor no correspondido, me hacían una indefensa víctima ante la desazón, el daño casi mortal, que lleva el saberse un mequetrefe, una persona insignificante para la  mujer que por una corazonada, un cúmulo de señales diversas, se pensó era la única, y no por un breve espacio de tiempo, sino por mucho, infinitos años, pues para serles sincero quería decirles que esto ya estaba superado.  Puro engaño, autoengaño y demás postres.  Seguía, y aún después de relatarles el último capítulo de este melodrama, aunque ya más parece una tragedia griega, aunque por momentos les parezca a algunos una ridiculez, una estúpida malinterpretación de lo que es realmente el amor, yo me lo explico como una suerte de, ya no sensibilidad, sino hipersensibilidad, así de enorme, la cual viene siendo, y es, motivo de que mi vida se haya ido en caída libre.  Todo por un sueño, de opio, según los entendidos, a los cuales solo puedo decirles que se vayan muy lejos, pues, cada uno es un rompecabezas tan difícil de armar, en orden de catalogar, y yo, creo, soy un rompecabezas al cual le faltan piezas fundamentales, que aquella vampiresa hurtó de las profundidades de mi inocente, ella también inocente pero congénitamente una devoradora de hombres, quienes para muchos son seres fuertes, casi superhombres, pero esto es solo superficial, una máscara,  pues hurgando bien se llega a la única verdad que explica el asunto, y es que estos guerreros se postran desarmados ante el altar de la diosa a quien le rinden pleitesía y es difícil realmente explicar por qué, pero es así de simple, los de esta estirpe se dejan vapulear, casi destrozar por el amor.

Luego de muchos años de autoexilio por tres países distintos, de haber pasado de estudiante pobre, a proletario, a empleado, a casi mendigo, a parrandero bohemio por despecho, adicto a distintas sustancias, pues volvía a Lima, no derrotado como muchos pensaban por el pequeño detalle de no tener ni para el taxi que me llevase a la casa de mis abuelos (mis únicos parientes cercanos que quedaban en mi ciudad que pudieran darme alojamiento), y no tener por más pertenencias que una pequeña maleta con ropa vieja y cuatro cuadernos con poemas y cuentos, que había yendo componiendo y relatando durante mi travesía en ultramares.  No, no era un buen creador, ni de poemas ni de cuentos, pero poco me importaba lo que algunos de los llamados entendidos en el asunto opinaban de mi creación literaria; el redactar, el releer mis escritos, junto a cierto tipo de música y el café y los cigarrillos, fueron mis más grandes compañeros durante mis años más solitarios en el extranjero.  No, no tuve ni tengo amigos ya, solo limosnas de afecto de familiares cercanos, pues fui prescindiendo de vínculos amicales por tedio, por incomprensión, para luego, y así de claro lo digo, por sentirme nulamente comprendido por los que buenamente trataron de acercarse a este ser defectuoso, uno de los accidentes más lacrimosamente parecido a película trágica hindú.

Y así, nadie fue a recibirme al aeropuerto el día de mi llegada, algo tan triste como que nadie te despidiese en tu partida (cosa que me sucedió), a pesar de que al dejar la última ciudad en la que me encontraba, en Europa, nevaba, y, para remate, el primer tramo de mi viaje lo hice en tren, desde una estación tipo película en blanco y negro, donde solo faltaron lágrimas de un ser querido, o como un restaurante vacío a la hora de la comida.

Tenía, por indicación de mis padres, que tomar un taxi, que mi abuelo pagaría a mi llegada a su casa, y tenía que buscar qué haría en mi ciudad, nada de vagancias, fue la advertencia principal de mis progenitores, a trabajar o a trabajar, no querían oír que, nuevamente, había encontrado mi vocación y que quería estudiar Astrofísica o Historia del Arte, nada, por las puras, ya estaban más que cansados de salvarme el pellejo cada vez que quedaba casi en la calle por mi inestabilidad, por mi ser voluble, impredecible, que tantas veces rogara porque le lanzaran el salvavidas que lo salve del naufragio, del zozobrante futuro que ya casi era lo único que se veía venir.

Pero esta vez sí había motivo para el cambio geográfico, y fue debido a casi una epifanía que tuve, luego de que en la última ciudad europea donde residí, antes de tomar la decisión de volver a mi patria, una gitana, una noche de luna llena, exactamente hacía dos meses atrás, el día diez de diciembre del año anterior a mi regreso, por los alrededores de la catedral de dicha ciudad, me leyera la mano, pensé que solo por lástima, ya que andaba borracho y más pelado que cualquier indigente con algo de dignidad, buscando colillas en el suelo, hambriento, con frío, en esa despejada y gélida noche invernal.

La gitana al ver, quizás tuviera también ese don, que mi alma borracha de vino barato era más triste que cualquiera y cada uno de los árboles de Navidad muertos, luego de haber sido utilizados con fines de diversión y consumismo, malinterpretando su real significado, del mundo.  Y esto describe casi con exactitud lo que era yo, un ser utilizado por otro, por tenerme de souvenir, como un trofeo de caza, un animal fantástico cuya cabeza no servía ni como objeto ornamental.

Luego de que dicha gitana, brevemente, me dijera, antes de tomar mi mano, que en mis ojos se veía mucho dolor, un alma enferma, cogió mi mano y solo me dijo, o pensé entenderle así, que debía, cuanto antes, volver al lugar donde todo empezó a pudrirse en mi corazón, en mi alma dolorida.  Que lo haga cuanto antes, pues de no ser así podía ir pensando en las flores que quería para mis exequias.

Al día siguiente, durmiendo en el piso de la habitación de estudiante de un alma caritativa que conocí en una juerga, decidí, luego de despertar de una terrible pesadilla, en la que la gitana era un ángel del Señor, en el cual a duras penas creía, quien me daba un ultimátum, vuelve, acláralo, soluciónalo o desaparece, siendo aniquilado por algo que se escaparía de mi control más temprano que tarde.
Llegué a la casa de mis abuelos, mi abuelo al verme, me saludó fríamente, a sabiendas de casi todos los detalles de mi caótica travesía por otros países, pensando que le llegaba, que un anciano como él ya no podía aguantar.

Mi abuela, por otro lado, un ser puro, de luz, ni bien me vio, me estrechó en sus brazos desde la silla de ruedas en la que se encontraba desde ya hacía un par de años.  Me abrazó y besó como si llegara un héroe, me dio la bendición, se quitó el escapulario que llevaba y me lo dio, diciendo que le pidiera a la Virgen del Carmen para que me cobije, y dé protección.  Esto último hizo que, y en raras ocasiones había sucedido en los últimos años, mi fe se reactivara y muy sentidamente fuese directo a la que iba a ser mi habitación y orara, a Dios Padre y a la Virgen María, por ayuda, tan solo con un Padre Nuestro y un Ave María, pero con el corazón encendido, con todo mi ser presto a librar la última batalla de la Gran Guerra que ya casi perdía.

Tomé la decisión de tomar al toro por las astas.  Tenía el teléfono de su casa memorizado, sus padres me reconocerían, debían acordarse de aquel casi niño adolescente que rendía tributo a su hija, quizás se compadecerían de este penitente y me dieran cualquier información que tanto a gradecería me brindaran de mi Unicornio Azul.

Me armé de valor, le pedí a mi abuelo que me prestara su teléfono para llamar a una amiga.  Con todo mi ser en ascuas, en posición de defensa ante el que pensaba yo sería otro golpe de humillación, marqué, número a número, sintiendo cómo me iba descomponiendo, mi voz, mi cuerpo, mi mente, mi alma, mi ser, mi chispa divina, mi parte del universo que era yo, aunque insignificante, toda la eternidad, mi eternidad, empezando a congelarse, temiendo llegar al cero absoluto, para así, de una vez por todas enfrentar mi destino… la desaparición.

Al identificarme, con nombre y apellido, grado de relación con mi amada, para pasar luego a preguntar directamente por su paradero, escuché, acto seguido a todo esto, cómo empezaba a sollozar incomprensiblemente la persona al otro lado de la línea.

“Soy su madre. ¿No sabías que tuvo un accidente y murió hace dos meses, exactamente el día de su cumpleaños?  El diez de diciembre del año pasado”.




Bruno Vagner





jueves, 21 de marzo de 2019

Collage y otros artefactos

Collage N° 1


Ha salido el sol para ti
Yo quise tener una vida noble y piadosa
miserabilis
La acción transforma el deseo en real
LA PRISIÓN PREVENTIVA: UNA REVISIÓN ANALÍTICA
I don't go to church much because I don't like belonging to a club
No tengo tiempo para estar leyendo tus lamentaciones eternas
La lucha de clases no es suficiente para explicar toda la realidad, pero es real.
Casi mato a un hombre en triciclo a los 19 manejando
la agenda política oficial está direccionada por los poderes fácticos
No es un buen momento para atacar a las instituciones
¿qué se entiende por honestidad?
Debes preferir que te envidien a que te compadezcan
Paqarin
Yanahuara conservó el eco de tus pasos
Tú llenas el cielo con cánticos de oro
La lucha contra la intolerancia sexual está a la orden del día
Dear miss Vasilcov
Escribes para tus contemporáneos, no para la posteridad.
Esa capacidad de empedernido hedonista non plus ultra
El cielo profundamente azul de la campiña en otoño de 1944
Setiembre bajo la brisa marina
Y yo trato de recuperar la plusvalía
Vanamente cambia el gabinete
No he de caer en la desesperanza
imagino que tomo un avión hacia el norte
La acción transforma el deseo en real
La acción La acción La acción La acción Ley de Ohm:
V es REAL y directamente proporcional a I
Los deseos más prohibidos se realizan a través de la acción.

M. Ríos






LEONCIO BUENO: El embate del poema

    Leoncio Bueno es gestor de una poética auténtica, vigorosa y silenciosamente detonadora. ¿Fue acaso el intruso en la poesía por allá en los años 60 y tal vez ninguneado, apartado y desterrado de los venerables círculos difusores de la poesía peruana última?
Pero su trabajo obrero, artesanal y anarcosocialista, tal vez sea la razón por la cual no se permite de lamentos, mas sí de una propuesta activa. Sin embargo queda preguntarle al maestro cuántos días en aquel taller “El Túngar”, muchas veces mencionado en sus entrevistas, hizo sentir el embate del poema: de calibre resonante, áspero y por tal motivo vivencial. 

    Es necesario intentar deambular por esas raíces dinamiteras y de la existencia en la cual radica su fuerza libertaria, el desplante al lenguaje articulado y la incapacidad para callar ante el abuso hacia la clase trabajadora, recordando la existencia de la humanidad muy representada con sus fuerzas más altas y tan esquivas en cierta clase con poder en estos tiempos. De este modo bien podríamos ir develando la magnitud de su poética.

    El autor de Al pie del yunque (1966), Pastor de truenos (1968), Invasión poderosa (1970), Rebuzno propio, La dicha de los dinamiteros (1976), La guerra de los runas(1980) y Cantos al sol de Cieneguilla (2014) nació el 2 de enero en 1920 dejando sus pisadas en la hacienda La Constancia, en La Libertad, solidaria coincidencia de la vida. Desde los 9 años fue peón agrícola en la hacienda Casa Grande. Llega a Lima a los 19 años, es aquí donde se da el inicio de su periplo por la poesía y sus inquietudes políticas. En 1956 formó el Grupo Intelectual Primero de Mayo en asociación con obreros y escritores. No cabe duda de que es un hombre de arenga, de ideales, pero debemos enfatizar que no gracias a la nutrición de anécdotas, sino más bien porque tocaba la tierra con los pies a pata calata,  expresándose al pueblo, porque ese arraigo popular viene desde su aprendizaje desde el hogar y las revistas políticas de su querida abuela, de pertenecer a la clase proletaria y mandar a la mierda a los seres autoproclamados omnipotentes ante la llaga del asalariado.

    Lo esencial, desde luego, es comprender que Leoncio Bueno no pretende ser el héroe, muy acorde a nuestras épocas, sino más bien ser poseedor de una voz de lucha genuina, sentida y revitalizante, que mantiene enraizada a pesar de los años que sacuden en su haber. Porque como él mismo se describe, el poeta: “Es un hombre de pico y lampa, de hacha y machete, que trata de expresar su cólera y su inconformidad con el mundo”.

    En nuestro país, donde la visión de la crítica literaria muchas veces duerme en la ley de los justos, esperamos que esta voz sea escuchada con la transparencia que esta significa. Y que habrá de llegar…

Pool Carbajal, poeta y editor de Korriente A




An esoteric interpretation of the I.W.W. preamble

   La gente que cree que conoce nuestra política, que sabe que somos individualistas (o incluso peor “neoindividualistas”) sin ninguna duda quedarán impactados de descubrir que tomamos un interés en lWW.

   Primero, ¿cuál es el problema con un poco de sentimentalismo? La primera vez que descubrí el anarquismo a los 12 o 13 yo quería ser un vagabundo (una ambición más práctica que la piratería, supuse) y los organizadores de IWW se me aparecían como auténticos héroes americanos. Todavía pienso así.

  La lucha de clases puede no ser suficiente para nosotros como una explicación de toda la realidad, pero obviamente es real. Sabemos dónde descansan nuestras simpatías. Nosotros nos oponemos a la idea de la construcción social "trabajo", pero estamos lejos de oponernos a "los trabajadores". La alienación del trabajo no puede ser explicada por completo por el sistema económico de salario; tiene además un origen sicológico. Esta doble crítica lanza el concepto y la estructura profunda de “trabajo industrial” en el origen de una radical deconstrucción. Mientras, sin embargo, el trabajo industrial es real y el control obrero debe ser considerado una táctica totalmente válida hacia la realización de los aspectos económicos y sicológicos de cualquier hipotética “nueva sociedad dentro de la cáscara de la antigua”.

  Como “individualistas” además tenemos una buena razón para valorar el concepto de unión de IWW….

Hakim Bey

IWW: Industrial Workers of the World, sindicato revolucionario fundado en 1905 en Chicago (USA).

Intervención lanera, 8 de marzo 2018

jueves, 4 de octubre de 2018

Cortometraje

El tío "Cutra"

    Asistir a un centro educativo escolar en el segundo año de secundaria era empezar desde cero, pues me había matriculado con el fin de aprender mejores cosas y tener, en efecto, una mejor calidad de enseñanza por parte de los profesores. Conocí una nueva infraestructura y amplios salones, así como a distintos jóvenes que en más de una ocasión me los enfrenté, pero también compartí curiosos y jocosos momentos. Tenían ya formados su grupos, algunos eran huraños, agresivos, franeleros, mitómanos, homosexuales, embusteros, plajeros, entre otros contemporáneos que formaban parte de la farándula parroquial, "San Judas Tadeo".

    Recuerdo que el dueño de dicho colegio era el padre Paolo, otrora señor de la tercera edad, de carácter férreo y mirada hostil cuando formábamos fila, sobre todo, conocido por sus famosos cachetadones que les propinaba a aquellos estudiantes cuando cometían algún acto de malcriadez o indisciplina. El sacerdote falleció, me contaron después, al año siguiente. Si bien es cierto, ello suscitó una pena para algunos, pero un regodeo y algarabía para la mayoría que se dedicaban a pasar las materias por "agua caliente", y hacer bullying a incautos compañeros. Y saber que ese extranjerismo, palabra acuñada hoy en día, no tenía la menor relevancia y conciencia en los castrenses cerebros de docentes y autoridades de aquellas épocas, en las que paradójicamente se perpetraban excesos y abusos en los interiores de los retretes y salones fuera del horario escolar. Y hubo alguien que no podía ser la excepción, por lo que se me viene, de facto, a la cabeza un profesor de educación física que contrataron a mitad de año, un personaje mórbido y bribón que frisaba los 40 años, y que al principio no parecía matar ni a una mosca. A este señor le apodaban el tío "Cutra". Aparte que fomentaba la indisciplina y la mofa colectiva, era un comechado y pendenciero de aquellos, que le gustaba negociar sucio y obtener billete por lo bajo a toda costa. Dada la reputación que tenía, yo me preguntaba para mis adentros, cómo habían podido contratar a una persona así. Recuerdo que luego lo nombraron como profesor del curso de razonamiento verbal, y para muestra un botón, puesto que nos pidió comprar un libro para estar al unísono con su mediocre enseñanza. Antes bien nos dijo que podía acceder a ellos y ponerlos en venta a un precio, incluso más de lo que realmente era su valor. Esto supuestamente no lo sabía nadie, ni la misma directora, aunque aquél decía que sí tenía conocimiento. Mas todo era mentira. Comprobé luego que dichos libros tenían el sello de la dirección del colegio, pero a esta sanguijuela le valía madre. La plata que recibía de todos se los metía directamente al bolsillo con la mayor frescura y descaro, haciéndonos creer lo contrario, como la mayoría de los peruanos, politiqueros, poseros de la televisión o congresistas de poca monta, que les gusta obtener el dinero fácil y mal habido, sin hacer nada.

- ¡Habla, tío "Cutra"! - lo jodíamos entre risas a veces cuando nos tocaba clases de educación física.
-¡Ya dejen carajo de hablar así! - nos decía eufórico, pero bien que se manejaba su buen rabo de paja.

   Aquel personaje siempre hizo de las suyas, era el arquetipo perfecto para quienes lo emulaban y pactaban con él; de aquellos que a hurtadillas hacían "bien" su trabajo, pues nunca lo pescaban con las manos en la masa. Ya en vísperas de fin de año, nos enteramos que ya no venía al colegio, lo que despertó cierta curiosidad en todos nosotros. Pensábamos que lo habían botado a raíz de otro rumor que corría por los pabellones cuando afirmaron que tuvo una "encerrona" con uno de los estudiantes de su mismo sexo en el baño que, a decir verdad, emanaba cierto vaho de lujuria, orines y defecaciones.

    Sin embargo, no fue esa la causal de su misteriosa ausencia, pues comentaron que este condenado, hijo de la guayaba, se había tirado nada más y nada menos que la pensión de todos los estudiantes, suma que se calculaba los diez mil soles, lo cual era una cifra considerable de dinero en ese tiempo, y le venía por desgracia como un puntapié a las gónadas de los demás docentes que no pudieron recibir la "grati" a fin de año.
    El tío "Cutra" se había ido a la fuga, de forma clandestina. Nunca más lo volvimos a ver en lo que restaba del año escolar. No obstante, según algunos testigos presenciales, lo vieron por última vez por la novena de Pando, cerca a la jurisdicción donde quedaba el centro educativo. Pues dijeron que lo habían encontrado moribundo en medio de un pantanoso charco de sangre tirado en el suelo. Tras la llegada de la Policía y los peritos, nunca se supo si dieron con el paradero de los autores de tamaño crimen, mas sí nos quedó bien claro algo: "Lo que mal empieza, mal acaba". Al tío "Cutra" le habían dado vuelta. Asumimos por un ajuste de cuentas.

Michael Quevedo





La muerte del capitalismo

    Cuando tenía 20 años trabajaba de limpieza en uno de los clubes del sector empresarial de Camino Real. Siempre iba después de la universidad a madrugar. Comía mierda que nos dejaban y yo estaba encargado del segundo nivel donde tenía que mantener dos baños de hombre y mujer, el restaurante, un vestíbulo alfombrado, cuartos de reunión y de negocio y un sector de oficinistas. Era cansado pero terminaba para colarme en la cocina y comerme postres que quedaban. A veces lo hallaba a Ñulfo, el que limpiaba la cocina de chef y nos pelábamos unos vinos hasta quedar bien sazonados. Me hacía el loco y volvía a unos muebles donde no había cámaras a conversar con Raúl, el que limpiaba el cuarto nivel. Me contaba sus aventuras con kines y travestis hasta que llegaba la mañana y me bañaba con jabón liquido.

    En la madrugada el club era desierto pero varias noches empresarios como los Brescia y los Benavides,  se quedaban con políticos a libar whisky con acompañantes colombianas a las que les daban curso en los salones privados de reuniones y yo me hacía el loco regresando a mi cubil de limpieza a conversar con Lucía, una ayacuchana joven que se encargaba de la lavandería. Ella escuchaba los gemidos de las hembras. Duro duro me vengo me vengo así rico, papi y nos reíamos mientras le miraba las piernotas que tenía y le decía en son de broma cuáles son tus palabras. Ella me miraba fijamente.

    Una noche el Dr. Brescia y Forsythe me vieron pasar pues limpiaba la alfombra de manchas y como preguntándome qué hace un blanquito limpiando pisos me invitaron a chupar vodka con ellos. Eran dos empresarios con cuatro colombianas. Uno de ellos me preguntó si estudiaba y yo le decía que Sociología en San Marcos. ¿No serás terrorista no? cagándose de risa y metiéndole la mano a una de las colombianas me volvió a preguntar. Odio a la izquierda les respondí, lo cual era verdad. "Me gusta este muchacho, te voy a ascender a mozo", me decían. Les escuchaba borrachos sus estafas cómo controlaban políticos y cómo pensaban de los serranos y los chunchos de la Amazonia. Yo chupaba mi trago y le hacía ojitos a una de las colombianas que me decía no con la cabeza. Ellas sacaban sus líneas de sus pechos y jalaban. Lucia, que dejaba toallas en los privados, me miraba y molesta me desaprobaba con la cabeza.

    Una madrugada no había nadie en mi nivel así que me quedé en mi cubil de limpieza a fumarme un fallo cuando Lucia irrumpió en la estancia y cansada me pidió un fallo; conversamos de la explotación y ella como resentida decía qué les verán a esas colombianas. Yo advirtiendo que podía jugar con su mente, le dije: “Son más calientes seguro”. Más que las cholas no creo; solo fingen con esos viejos por dinero. Rabiosa se le chispó una ceniza ardiendo en el tobillo derecho que le quemó y gritó. Yo amigable le sobé el tobillo y luego como mintiendo que mi mano no siente le besé el tobillo y subí hacia la rodilla. Ella se sonrojó y dibujando una sonrisa maliciosa me dio un patadón y me ordenó que la siguiera. Fuimos hacia los privados donde no había cámaras y al entrar se subió la falda y se tendió en el sofá, le besé las rodillas mientras le tocaba los pezones y ella respiraba más rápido. Le besé la barriguita, el cuello y las orejas y sentí sus manos en mi pantalón hurgando mi animal. Mientras abría la boca y se saboreaba mi fierro ya quería hacerla volar. Le arranqué el forro y cuando le iba a dar la primera acometida se escapó y se echó sobre la mesa de negociaciones como si fuera un platillo. Yo en son de burla, le dije: “Vamos a hacerlo en la mesa del capitalismo”. Ella se sonrió y luego severa me sacó la ropa, me dio sus pechazos rosaditos y le asesté mi animal y cerrando los ojos me gritó más más más más me voy a correr y sus caderas ya no esperaban, se contoneaban. Se lo hice en todas las posiciones jugando con su mente y me pedía que le pegara. Un par de nalgaditas y se acabó. Como estaba sin condón, al venirme me vacié en una cesta de basura que yo mismo recogía y ella furiosa me arañó: “Dónde está mi leche”.

    Se sintieron pasos en el corredor. Nos vestimos rápidamente y ella desapareció fuera del lugar. Sin oír nada salí hacia los vestidores, me bañé, me vestí y como un ladrón me escurrí de ahí. Ella estaba en la avenida esperando y con ojitos enamorados me pidió que nos volviéramos a ver. Me besó en la boca y se fue. Luego me enteré de que era la mujer del supervisor. Igual estaba loca, ya empezaban las tomas universitarias, renuncié y nunca más la volví a ver. Matamos el capitalismo esa madrugada.


Ronald Torres




Sweetie

    No  negaré  lo  que  todos  en  la  facultad  ya saben.  O  por  lo  menos  los  de  la  base  92. Tiempos  complicados  con  harta  pólvora  y ANFO.  Generación  X,  apagones,  conciertos de  hardcore,  mítines,  salidas  nocturnas  a Barranco para ver en el Cinematógrafo Nueva Ola  francesa,  neorrealismo,  free cinema, mientras  todo  alrededor  parecía  que  se desmoronaba  por  completo,  empezando por  una  clase  política  carnavalesca,  un dictadorzuelo en ciernes que había decretado la muerte de los políticos, pero él mismo era un émulo de El príncipe, pero sin Maquiavelo. Las clases de Inglés en el Icpna ese otoño de 1992 fueron  como  una  ráfaga  fresca  de  aire  que inundó mi descolorida habitación. Cole Porter, Frank  Sinatra,  Ramones,  Hemingway,  Dead Kennedys y un sinfín de miradas licenciosas y bochornos  fueron  como  un  alambre  de  púas resguardando un árbol de maracuyá.

    San  Marcos  fue  como  una  jungla  invadida con  sus  soldaditos  rijosos  y  sus  perros desvergonzados.  No  era  la  primera universidad a la que ingresé. Un año y medio antes había paseado mi azorada timidez por los  pasillos  de  una  universidad  privada  que me dejó una revulsiva sensación en la boca del estómago. Sabía, muy en el fondo de mí, que no  iba  a  permanecer  mucho  tiempo  en  ese recinto  soporífero. San  Marcos  y  su  Facultad de Letras resultaron ser el otro extremo. Debí  haber  escuchado  a  mi  padre  y  postular a  Literatura  en  la  Católica.  A  pesar  de  que mi  aversión  hacia  su  autoridad  crecía exponencialmente, el viejo seguía siendo muy generoso conmigo. Ni bien acabé el colegio, clases  de  Inglés,  cuenta  de  ahorros  para  mi libre  disponibilidad,  propinas  sustanciosas  y molicie,  interminable  y  almibarada  como  un pie de  manzana  con  miel.  Y  jamás  trabajar y  conocer  lo  que  es  un  puto  jefe  o  las renombradas  jerarquías.  Todo  iba  así  hasta los veintiuno.

    No  hicimos  amistad  en  primer  año,  apenas nos hablábamos y nos separaba un sinfín de banalidades.  Salvo  una,  por  supuesto.  Ella también  estudiaba  inglés,  pero  en  el Centro de Idiomas de la Católica. Nunca se me pasó por  la  testa  que  la  chica  por  la  que  babeaba media  facultad  era  una  decidida  martaca. Debí  intuirlo  después  de  tantas  referencias al  Che,  al  MIR,  a  de  la  Puente  Uceda,  el foquismo,  Marcuse,  Libro  Rojo  de  Mao, Nueva Izquierda, Cuba y Emiliano Zapata, su gran ídolo, antes incluso que Guevara.

    Empezamos  a  salir  en  tercer  año,  a escondidas  de  su  enamorado,  un  estudiante de  Derecho,  liberal  y  deportista.  Nunca olvidaré  la  borrachera  que  nos  metimos  en el club Arequipa, en el cumpleaños de mi tío Quico.  Terminamos chupando con  Chirinos Soto,  quien  se  puso  a  recitar  a  Fray  Luis  de León. Ya  el  characato  era  una  eminencia  del fujimorismo,  pero  siempre  era  bien  recibido en la rancia casona de Santa Beatriz adonde acudían  los  arequipeños  residentes  en  la capital.  El y  mi  tío habían estudiado en el celebérrimo  colegio  Independencia.  No recuerdo  bien  cómo  salimos  de  ahí  para terminar  en  un  hotelucho  de  Lince.  Cuando desperté  te  habías  largado,  aunque  me dejaste  encima  de  la  cama  un  poemario  de Leoncio  Bueno,  amigo  de  tu  abuelo,  de  la época  del  grupo  Primero  de  Mayo.  Eso  era tan característico de ti, irte sin despedirte, de forma intempestiva. Otro  día  me  dejaste  tirando  cintura  en  una fiesta en el club Petroperú, en Surco. Tu padre era del área de contratos en el edificio central de  la  empresa.  Ganaba  un  huevo  de  plata y  podía  pagarte  una  universidad  privada, pero  tú  elegiste San  Marcos. O  mejor  dicho, tu partido  lo  decidió  así.  Habíamos  estado retozando un rato por una de las canchas de tenis. Me dijiste que ibas a hacer una llamada y que nos encontraríamos por la piscina grande. Te esperé más de dos horas. Esa vez te dejé de hablar casi un mes. Nos amistamos en la fiesta de cumpleaños de un compañero de estudios. Acudiste  con  un  pata  mayor  con  pinta  de profesor  de  academia  preuniversitaria  del Centro.  Cuando  él  tuvo  que  ir  al  baño,  te acercaste  y  me  diste  una  edición  de Los inocentes  con  una  dedicatoria  en  inglés. Acababas con un “sweetie”. Adoraba que me llamaras así. Esa vez te despediste de mí y yo no lo sabía. No regresaste a la facultad.

    Yo  seguí  con  mis  clases  en  San  Marcos  y  el Icpna,  escuchando  una  y  otra  vez  a  Frank Sinatra y los cassettes que me habías regalado con  canciones  que  hablaban  de  pueblo  y revolución. Nunca entendí tu música ni cómo te involucraste con unos fanáticos e idealistas tan  desubicados  como  tu  inefable  vocación por cambiar el mundo.

   Te volví a ver más de un año después, pero en el noticiero de las 10. El locutor hablaba de una célula  subversiva  desarticulada.  Eran  cuatro. Usaban un caserón de 400 metros cuadrados en  La  Molina  para  tener  en  cautiverio  a empresarios  secuestrados.  Tú  te  encargaste de  alquilarla  y  amoblarla.  El  contrato  de arrendamiento estaba a tu nombre. El traje a rayas con el que te mostraron a la prensa no trastocaba tu aspecto de chica clasemediera y dulce a quien una vez le propuse matri frente a la piscina de un club privado, aquel verano interminable e indócil de 1995.

   Te  mandaron  a  una  prisión  en  Yanamayo, cerca  de  Puno,  a  4000  metros  sobre  el  nivel del mar. Veinte años de cárcel y un proyecto de vida hecho mierda. Quise viajar a visitarte,  pero  mi  padre  se  opuso.  Se  había  enterado de  todo  por  un  amigo  suyo  que  era  del SIN  y  fungía  ser  un  simple  mecánico  en  un ministerio. Un día, al llegar de la universidad, me dijo: “Puta madre, si hubiese sabido desde antes te hubiera puesto en la Católica, lejos de tanto terruco de mierda”.


G.  Rojas