Yachaq grafiti

Yachaq grafiti

domingo, 5 de abril de 2020

Cinco poetas norteamericanos



I never got any poetry to make a cent
Michael McClure


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Jack Kerouac (1922-1969)

Poeta y novelista. Su novela autobiográfica On the road (1957) lo hizo famoso y lo convirtió en un mito viviente de la beat generation. Escribió además The Dharma Bums (1958), The Subterraneans (1958), Doctor Sax (1959), Big Sur (1962), entre otros.



Haikus

Centro de mi Mandala
- Luna llena
En el agua


Leyendo el Sutra
Decidí
Enderezar mi vida


Un largo camino lejos de
La Generación Beat
En la selva tropical


Llamé a Hanshan
En las montañas
- no hubo respuesta


El ruido del silencio
Es toda la instrucción
Que tú obtendrás


Para después
Guarda el lápiz– no más pensamientos,
Sin liderazgo



No hay un Buddha
Porque
No hay un yo.





Haikus


Middle of my Mandala
– Full moon
In the water


Reading the Sutra
I decided
To go straight


A long way from
The Beat Generation
In the rain forest


I called Hanshan
in the mountains
– there was no answer


The sound of silence
is all the instruction
You’ll get


Lay the pencil
away – no more
thoughts, no lead


There’s no Buddha
Because
There’s no me


(Trad. por Nikos Gamarra Córdova)






J. C. Holmes (1926-1988)

Publicó su primera novela, Go, en 1952. Después de su muerte se publicó una antología de sus poemas llamada Night music. Selected poems.


Declaraciones en un invierno personal
                                          Después de Rimbaud

La perturbación se ha vuelto mi motivo secreto
Envejezco sin gracia, una fría libertad conseguida
La anarquía – una ciudad de ciegas ventanas
Quiero estar en otra parte, un extraño por el bar
Debería tener la astucia de darme por vencido mientras esté perdiendo
Cualquier bendición que venga muy tarde vendrá
Cuando era joven al mundo amaba demasiado
Mi espíritu ahora es tan agrio como el vinagre
La nostalgia me ha consumido a un hacha sin filo
Esta tortura tiene su triunfo al toser
Trinar, trinar hasta que la medianoche venga
Pero mejor silencio. Mejor silencio y nieve.



(Trad. por Nikos Gamarra Córdova)



Foto por Christopher Felver



Bob Kauffman (1925-1986)

Fue parte del Renacimiento poético de San Francisco. Publicó Solitudes Crowded with Loneliness (1965), Golden Sardine (1967), The Ancient Rain: Poems 1956-1978 (1981) y Cranial Guitar: Selected Poems by Bob Kaufman (1996).


Misiones profanas
Quiero ser enterrado en un cráter sin nombre dentro de la luna
Quiero construir campos de minigolf en todas las estrellas
Quiero probar que la Atlántida fue un centro turístico veraniego para cavernícolas
Quiero probar que Los Ángeles es una broma práctica que se aprovecha de nosotros por seres superiores en un hilarante planeta
Quiero exponer que el Cielo es un sanatorio exclusivo lleno de psicópatas ricos quienes piensan que pueden volar
Quiero mostrar que la Biblia fue publicada en partes en una revista romana infantil
Quiero probar que el sol fue creado cuando Dios se quedó dormido con un cigarrillo encendido, cansado después de una ardua noche de juzgar 
Quiero probar de una vez por todas que no estoy loco



(Trad. por Nikos Gamarra C.)








Extraído de https://knpr.org/knpr/2017-01/poetry-and-friendship-bob-kaufman-and-jack-hirschman




Michael McClure (1932)

Poeta, dramaturgo, compositor y novelista. Estuvo presente en el legendario recital de poesía el 7 de octubre de 1955, en Six Gallery (San Francisco). “Seis poetas en la Galería seis” se llamó el evento y dio nacimiento a la Beat generation. Ha publicado 14 libros de poemas, que incluyen Jaguar Skies, Dark Brown, Huge Dreams, Rebel Lions, Rain Mirror, entre otros.


El misterio de la caza

Es el misterio de la caza que me intriga,
                  Que nos vuelve como lemmings, pero con cautela
La búsqueda de una brillante nube cuadrada —el aroma de la hierba luisa—
                  O para aprender las reglas de las nutrias del océano
                                                    Que juegan con las olas.
                  
                  Son estas pequeñas cosas —y el secreto detrás de ellas
                                                    Que llenan el corazón.
                           El modelo, el espíritu, el exaltado demonio
                                      Que las relacionan entre sí
                        Y acercan su libertad a nuestros sentidos,

              El olor de un arbusto, una nube, la acción de los animales

          —La elevación, la exuberancia, cuando el misterio es develado.
                                       Son estas pequeñas cosas
       
                         Que cuando se contemplaron se vuelven un infierno.



(Trad. por Márlet Ríos)






Richard Brautigan (1935-1984)

Poeta y novelista.. Publicó su primer libro de poemas, The Return of the Rivers, en 1957. Su novela, La pesca de la trucha en América, publicada en 1967, lo consagró rotundamente. Escritores como Haruki Murakami y Neil Gaiman han declarado su admiración por Brautigan.

Poema de amor

        Es tan agradable
levantarse en la mañana
        completamente solo
y no tener que decirle a alguien
         que tú lo amas
cuando ya no lo amas.
       

La primera nieve del invierno

Oh, muchacha preciosa, te encuentras
Atrapada en el cuerpo equivocado. Veinte
Libras de más cuelgan como un tapiz
Grumoso sobre tu perfecta naturaleza de mamífero.

Hace tres meses eras como
Un venado que mira fijamente la primera nieve del invierno.

Ahora Afrodita te desprecia
Y cuenta historias a tu espalda.


(Trad. por Márlet Ríos)



domingo, 8 de marzo de 2020

Crónica de un recital insólito

 

Apelando a nuestro espíritu libertario y tolerante, nos piden publicar esta crónica sobre el recital “Voces de la ciudad Híbrida”, llevado a cabo el viernes 6 de marzo, en Surco. No teníamos idea de que el espíritu de Dada está vivo entre los exmuchachitos clasemedieros de la Decana de América.

***

Crónica de un viernes sin momias

     Vaya, al fin pasa algo interesante en un recital de poesía en esta pedorrienta ciudad con pasado virreinal. El responsable de tamaña osadía es un viejito casi nonagenario con espíritu quintacolumnista y atrabiliario (dizque docente). No podemos pasar por alto al poeta clasemediero pichicatero  y al comisario político de la nomenclatura Histérica. Personajes dignos de una novela beatnik de los 60 y que coadyuvaron el pasado viernes 6 de marzo a sacar del anquilosamiento y ñoñería a los recitales de poesía de la gran Lima. 

Ferlinghetti debería estar más que complacido por la performance semigrotesca y salerosa de los tres personajes aludidos. Y es que los recitales en esta pudibunda y reptiliana urbe son asquerosamente predecibles y sosos. Más entretenidos resultan los cultos evangélicos con banda y cantos estentóreos de los feligreses. Poetas momificados y solemnes detrás de una sacrosanta mesa tienen que condenar a un infeliz auditorio a un espectáculo fúnebre y tedioso para aplacar las iras de los Batracios Iluminados por la Molicie. Y en la calle los emisarios del Estado hacen de las suyas.

Por esta razón, debemos felicitar sin reservas a los organizadores de este recital en Surco, aunque al parecer se trataba de monjitas de clausura poco animadas para la polémica y la confrontación. De todas maneras, congratulaciones. Nuestras simpatías, no lo podemos negar debido a nuestro rancio pasado de fina estirpe, descansan en el viejito nonagenario iracundo y en el poeta clasemediero superemotivo (los dos perpetradores de la genial performance). La hoja de coca es vida, a pesar del Imperio y el Papa. La poesía peruana contemporánea nos importa lo mismo que el eructo de un policía obeso un sábado por la noche. Necesitamos más actos teatrales y representaciones que saquen del anquilosamiento y modorra  a los predecibles recitales poéticos. Nada de burocracia ni de pose de ameba reumática. 

Queremos ponernos serios unos 6 segundos (nada más) y aplaudir a los que se escaparon del trabajo y de los tiranuelos que fungen de jefes. La autogestión es el objetivo.
Nos ponemos no tan serios y dedicamos una sonrisa franca a los que leyeron sus versitos emotivos, francos, directos, honestamente, intensamente, como la performance de los camaradas de Sin auditorio, dirigidos por un señor de lentes con alma de poeta infrarrealista. 

ESTA CIUDAD DE PASADO VIRREINAL NECESITA GRITOS DESTEMPLADOS Y ACTOS ANTIJERÁRQUICOS CONTRA COMISARIOS DECADENTES…
La poesía no necesita momias y poetas escaldados. 1871 y 1936 en la memoria.

Al Este de Lima Pudibunda. 

 Antonio Santos




Poeta piurano, Miguel Hernández Sandoval




Albert Huamán en uniforme de asalariado


sábado, 22 de febrero de 2020

La poesía como arte insurgente

LA POESÍA COMO ARTE INSURGENTE

I am the people—the mob—the crowd—the mass.
Do you know that all the great work of the world is done through me?
Carl Sandburg

     La Literatura es un discurso que les hace juego al Poder y a los poderosos (que en este país se aglutinan en clubes mercantilistas y piratas como la Confiep y la SNI) si no cuenta y reivindica --estéticamente si se quiere-- las victorias de la plebe (la clase trabajadora, verdadera productora de la riqueza de este país). El Establishment literario local sigue ninguneando a muchos luchadores sociales que escriben eventualmente poesía. Poetas que no son venales, pues. No como las hetairas de aquel grupete poético parricida vendido al mejor postor (sorry, hípsters). Es LA hora de la poética de la Resistencia.

     ¿Por qué en santa Wikipedia en el ítem “Literatura del Perú” el señorito editor ha decretado que no deben aparecer luchadores sociales como Leoncio Bueno, Víctor Mazzi o Eusebio Arias Vivanco? ¿Por qué invisibilizan la tradición oral del siglo XX y a los grupos poéticos ajenos a la parafernalia y a la farra de cuchitril?

     Intuyo que al gran luchador social que es Leoncio Bueno no le interesa ser del agrado de los señoritos críticos que trazan el canon literario en este risible país. De hecho, hay temas más relevantes. El grupo Romero, el grupo Benavides y las mineras en el Sur siguen haciendo de las suyas. El Estado peruano solo ha asumido el rol de administrador de los negocios de estos grandes mineros. Tu canallesco Estado (ese con su ridícula banderita de la que estás MUY orgulloso cuando juega la selección) ha hipotecado el medioambiente de muchas comunidades del Sur y de la Selva. Y luego decreta el estado de emergencia. Entonces, renace el miedo. La Confiep y la SNI le han diseñado la hoja de ruta al Gobierno. Y el grupo El Comercio se aviene muy bien con estas. 

¿Es hora de leer poesía posmoderna y escapista? ¿Es la hora del mejor poeta del Perú que no sabe lo que es una huelga o una marcha con bombas lacrimógenas que te hacen llorar a la fuerza? ¿Vargas Llosa es el nuevo gurú de esta época? ¿Bayly es un escritor político? ¿El establishment literario se saldrá una vez más con la suya?

¿Es deber del escritor entrometerse en política? ¿Por qué surgen caudillos y lobbies incluso en el campo de la cultura? ¿Las leyes de flexibilización laboral de los 90, en plena época de podredumbre fujimorista, deben ser derogadas? ¿El salario mínimo alcanza para armar una biblioteca decente para tus hijos? Es hora de interpelarnos.


JGZ



Carl Sandburg y Marilyn Monroe

lunes, 8 de julio de 2019

Relatos místicos



LA CONSTELACIÓN


   El fugitivo no se detuvo hasta estar seguro de que nadie lo perseguía. Su resuello, antes que su veloz carrera, espantaba a las iguanas y los chilalos recién despiertos. La campiña lentamente se desperezaba. Atrás quedó el centro ceremonial hecho de adobe, así como la tensa espera, la noche en zozobra. Los otros cuatro cautivos, a esta hora, ya serían alimento para los zopilotes.

    La pirámide trunca, bajo el amparo de la deidad luminiscente, se podía divisar a la legua. Los prisioneros permanecen en la habitación frente al altar de los grandes sacrificios. Murales de pulpos con cabeza de serpiente y cangrejos terroríficos hacían más siniestro el cautiverio. El cactus sagrado y la incardinada sincronía del ritual elevarían a la sacerdotisa hacia el mar de arriba. Los dioses estelares harían su aparición finalmente, tal como estaba vaticinado en el rito inmemorial. El reino recuperaría su antiguo esplendor, deslucido por años de mala siembra e inundaciones.

   La mañana anterior al ataque los ancianos de la aldea se habían reunido para discutir sobre las técnicas de cultivo. Las mujeres se dedicaban a sus labores de tejido textil. Los niños correteaban libremente cerca del bosque de algarrobos. De vez en cuando, un jañape[1] se les atravesaba en sus carreras. Ella había llegado, junto con sus abuelos, procedente del poblado contiguo, de hábiles artesanos, a intercambiar productos hechos de paja  y carrizo. Tuve suerte de encontrarla en el cobertizo, al lado del corral colectivo de codornices y patos, donde se hacía el trueque. Yo había desobedecido a mi madre, que me había ordenado traer agua de la acequia y recolectar guayabas. Cuando sus abuelos hacían la transacción con un aldeano, ella se acercó a mí pausadamente. Extrajo rápidamente de su pequeño morral una pulsera tejida a mano y me la extendió. Sus ojos se iluminaron como dos estrellas fugaces. Luego, regresó al lado de sus abuelos. Yo retorné a cumplir el encargo de mi madre.

   Encerrado con los otros, pensaba que jamás la volvería a ver tal como la recordaba. Transcurrieron varios minutos y, al final, solo quedé yo con otro muchacho casi de mi edad. Presionaba con ansiedad la pulsera de color fucsia que ella me había obsequiado. Recordé súbitamente que de su bolsa se había asomado la cabeza de un diminuto pacazo[2]. ¿Cuál de los dos sería el primero en ser conducido al ara? Decidí que no iba a estar dispuesto a seguir extendiendo la lenta agonía. Al otro muchacho parecía no importarle. Estaba absorto en sus cavilaciones. Cuando entró el celador, me incorporé automáticamente y le indiqué enfáticamente con la cabeza que me sacara. Al dejar la habitación, me sentí aliviado y alcé distraídamente la vista hacia Orión, al punto más luminoso. De esa dirección, surgió una luz intermitente, la cual no correspondía a ninguna de las habituales inquilinas. Nadie más se había percatado de ello. La luz se aproximaba inquietantemente y en el templo empezaba a encaramarse una vívida agitación. La sacerdotisa empezó a invocar al dios de la montaña. Ya nadie me prestaba atención y la luz ahora se había convertido en un objeto tornasolado, con luces parpadeantes, como una balsa de totora fosforescente. Fue cuando avizoré que no iba a ser inmolado. Tenía primero que escabullirme del celador, bajar la rampa y atravesar rápidamente el patio central hasta llegar a la entrada. Ya pensaría lo que haría con el guardián del templo. El ambiente estaba conturbado por completo y yo miraba mis pies descalzos. Se escuchó un zumbido, que se fue haciendo cada vez más intenso, seguido de un gran estruendo. El resplandor ocurrió casi simultáneamente y el desconcierto reinó. El celador, aterrorizado, se había ovillado. Los guerreros que cuidaban a la sacerdotisa se habían retraído, desencajados. Fue el momento oportuno para huir. Cuando escapaba, me vinieron a la memoria los largos paseos por la playa, cuya arena mojada acariciaba mis pies descalzos. Mi abuelo me solía llevar desde los cuatro años para corregir la anomalía en mis pies. Cuando atravesé precipitadamente el portal sin resguardo, me vino a la mente su rostro sonriente. Era el mismo que tenía en mi sueño de hace dos noches. El viejo estaba en la playa y acababa de pescar un pez raya. Lucía radiante y me decía “encontrarás el camino”. Luego, me señalaba el mar de arriba con dirección a Orión. Yo iba a preservar a toda costa la tradición de mi pueblo. La copa del ritual no sería llenada esta vez y con los sobrevivientes del feroz ataque trazaríamos una nueva historia, muy lejos del bosque de algarrobos.
                                                             
                                                                                  
Márlet Ríos






[1]Lagartija pequeña de color plomizo.
[2] Reptil totalmente verdoso, parecido a la iguana.







TRISTE DESENLACE ANUNCIADO

Emociones encontradas brotaron de mi corazón al recordarla, recordar su desprecio, dicho así, tal cual.

No, no estaba listo, no por la edad sino porque mi enorme sensibilidad en cuanto a este tipo de emociones, llámese así al amor no correspondido, me hacían una indefensa víctima ante la desazón, el daño casi mortal, que lleva el saberse un mequetrefe, una persona insignificante para la  mujer que por una corazonada, un cúmulo de señales diversas, se pensó era la única, y no por un breve espacio de tiempo, sino por mucho, infinitos años, pues para serles sincero quería decirles que esto ya estaba superado.  Puro engaño, autoengaño y demás postres.  Seguía, y aún después de relatarles el último capítulo de este melodrama, aunque ya más parece una tragedia griega, aunque por momentos les parezca a algunos una ridiculez, una estúpida malinterpretación de lo que es realmente el amor, yo me lo explico como una suerte de, ya no sensibilidad, sino hipersensibilidad, así de enorme, la cual viene siendo, y es, motivo de que mi vida se haya ido en caída libre.  Todo por un sueño, de opio, según los entendidos, a los cuales solo puedo decirles que se vayan muy lejos, pues, cada uno es un rompecabezas tan difícil de armar, en orden de catalogar, y yo, creo, soy un rompecabezas al cual le faltan piezas fundamentales, que aquella vampiresa hurtó de las profundidades de mi inocente, ella también inocente pero congénitamente una devoradora de hombres, quienes para muchos son seres fuertes, casi superhombres, pero esto es solo superficial, una máscara,  pues hurgando bien se llega a la única verdad que explica el asunto, y es que estos guerreros se postran desarmados ante el altar de la diosa a quien le rinden pleitesía y es difícil realmente explicar por qué, pero es así de simple, los de esta estirpe se dejan vapulear, casi destrozar por el amor.

Luego de muchos años de autoexilio por tres países distintos, de haber pasado de estudiante pobre, a proletario, a empleado, a casi mendigo, a parrandero bohemio por despecho, adicto a distintas sustancias, pues volvía a Lima, no derrotado como muchos pensaban por el pequeño detalle de no tener ni para el taxi que me llevase a la casa de mis abuelos (mis únicos parientes cercanos que quedaban en mi ciudad que pudieran darme alojamiento), y no tener por más pertenencias que una pequeña maleta con ropa vieja y cuatro cuadernos con poemas y cuentos, que había yendo componiendo y relatando durante mi travesía en ultramares.  No, no era un buen creador, ni de poemas ni de cuentos, pero poco me importaba lo que algunos de los llamados entendidos en el asunto opinaban de mi creación literaria; el redactar, el releer mis escritos, junto a cierto tipo de música y el café y los cigarrillos, fueron mis más grandes compañeros durante mis años más solitarios en el extranjero.  No, no tuve ni tengo amigos ya, solo limosnas de afecto de familiares cercanos, pues fui prescindiendo de vínculos amicales por tedio, por incomprensión, para luego, y así de claro lo digo, por sentirme nulamente comprendido por los que buenamente trataron de acercarse a este ser defectuoso, uno de los accidentes más lacrimosamente parecido a película trágica hindú.

Y así, nadie fue a recibirme al aeropuerto el día de mi llegada, algo tan triste como que nadie te despidiese en tu partida (cosa que me sucedió), a pesar de que al dejar la última ciudad en la que me encontraba, en Europa, nevaba, y, para remate, el primer tramo de mi viaje lo hice en tren, desde una estación tipo película en blanco y negro, donde solo faltaron lágrimas de un ser querido, o como un restaurante vacío a la hora de la comida.

Tenía, por indicación de mis padres, que tomar un taxi, que mi abuelo pagaría a mi llegada a su casa, y tenía que buscar qué haría en mi ciudad, nada de vagancias, fue la advertencia principal de mis progenitores, a trabajar o a trabajar, no querían oír que, nuevamente, había encontrado mi vocación y que quería estudiar Astrofísica o Historia del Arte, nada, por las puras, ya estaban más que cansados de salvarme el pellejo cada vez que quedaba casi en la calle por mi inestabilidad, por mi ser voluble, impredecible, que tantas veces rogara porque le lanzaran el salvavidas que lo salve del naufragio, del zozobrante futuro que ya casi era lo único que se veía venir.

Pero esta vez sí había motivo para el cambio geográfico, y fue debido a casi una epifanía que tuve, luego de que en la última ciudad europea donde residí, antes de tomar la decisión de volver a mi patria, una gitana, una noche de luna llena, exactamente hacía dos meses atrás, el día diez de diciembre del año anterior a mi regreso, por los alrededores de la catedral de dicha ciudad, me leyera la mano, pensé que solo por lástima, ya que andaba borracho y más pelado que cualquier indigente con algo de dignidad, buscando colillas en el suelo, hambriento, con frío, en esa despejada y gélida noche invernal.

La gitana al ver, quizás tuviera también ese don, que mi alma borracha de vino barato era más triste que cualquiera y cada uno de los árboles de Navidad muertos, luego de haber sido utilizados con fines de diversión y consumismo, malinterpretando su real significado, del mundo.  Y esto describe casi con exactitud lo que era yo, un ser utilizado por otro, por tenerme de souvenir, como un trofeo de caza, un animal fantástico cuya cabeza no servía ni como objeto ornamental.

Luego de que dicha gitana, brevemente, me dijera, antes de tomar mi mano, que en mis ojos se veía mucho dolor, un alma enferma, cogió mi mano y solo me dijo, o pensé entenderle así, que debía, cuanto antes, volver al lugar donde todo empezó a pudrirse en mi corazón, en mi alma dolorida.  Que lo haga cuanto antes, pues de no ser así podía ir pensando en las flores que quería para mis exequias.

Al día siguiente, durmiendo en el piso de la habitación de estudiante de un alma caritativa que conocí en una juerga, decidí, luego de despertar de una terrible pesadilla, en la que la gitana era un ángel del Señor, en el cual a duras penas creía, quien me daba un ultimátum, vuelve, acláralo, soluciónalo o desaparece, siendo aniquilado por algo que se escaparía de mi control más temprano que tarde.
Llegué a la casa de mis abuelos, mi abuelo al verme, me saludó fríamente, a sabiendas de casi todos los detalles de mi caótica travesía por otros países, pensando que le llegaba, que un anciano como él ya no podía aguantar.

Mi abuela, por otro lado, un ser puro, de luz, ni bien me vio, me estrechó en sus brazos desde la silla de ruedas en la que se encontraba desde ya hacía un par de años.  Me abrazó y besó como si llegara un héroe, me dio la bendición, se quitó el escapulario que llevaba y me lo dio, diciendo que le pidiera a la Virgen del Carmen para que me cobije, y dé protección.  Esto último hizo que, y en raras ocasiones había sucedido en los últimos años, mi fe se reactivara y muy sentidamente fuese directo a la que iba a ser mi habitación y orara, a Dios Padre y a la Virgen María, por ayuda, tan solo con un Padre Nuestro y un Ave María, pero con el corazón encendido, con todo mi ser presto a librar la última batalla de la Gran Guerra que ya casi perdía.

Tomé la decisión de tomar al toro por las astas.  Tenía el teléfono de su casa memorizado, sus padres me reconocerían, debían acordarse de aquel casi niño adolescente que rendía tributo a su hija, quizás se compadecerían de este penitente y me dieran cualquier información que tanto a gradecería me brindaran de mi Unicornio Azul.

Me armé de valor, le pedí a mi abuelo que me prestara su teléfono para llamar a una amiga.  Con todo mi ser en ascuas, en posición de defensa ante el que pensaba yo sería otro golpe de humillación, marqué, número a número, sintiendo cómo me iba descomponiendo, mi voz, mi cuerpo, mi mente, mi alma, mi ser, mi chispa divina, mi parte del universo que era yo, aunque insignificante, toda la eternidad, mi eternidad, empezando a congelarse, temiendo llegar al cero absoluto, para así, de una vez por todas enfrentar mi destino… la desaparición.

Al identificarme, con nombre y apellido, grado de relación con mi amada, para pasar luego a preguntar directamente por su paradero, escuché, acto seguido a todo esto, cómo empezaba a sollozar incomprensiblemente la persona al otro lado de la línea.

“Soy su madre. ¿No sabías que tuvo un accidente y murió hace dos meses, exactamente el día de su cumpleaños?  El diez de diciembre del año pasado”.




Bruno Vagner